10.- Estudio en Escarlata

A Continuación mostraré un ejemplo sobre la importancia de los Tipos de Investigación de la cual analice de manera personal el texto Estudio Escarlata que a continuación dejo:

Pasos que llevo Holmes para llegar a su conclusión y diferencias contra Scotland Yard

Sherlock Holmes
·         John H. Watson, Doctor en Medicina deducción que estuvo en Afganistán
«He aquí a un caballero que responde al tipo del hombre de Medicina, pero que tiene un aire marcial. Es, por consiguiente, un médico militar con toda evidencia. Acaba de llegar de países tropicales, porque su cara es de un fuerte color oscuro, color que no es el natural de su cutis, porque sus muñecas son blancas. Ha pasado por sufrimientos y enfermedad, como lo pregona su cara macilenta. Ha sufrido una herida en el brazo izquierdo. Lo mantiene rígido y de una manera forzada... ¿En qué país tropical ha podido un módico del Ejército inglés pasar por duros sufrimientos y resultar herido en un brazo? Evidentemente, en el Afganistán. (Se basó directamente en todos los puntos que observo a detalles e unió todas las partes principales relacionando poco a poco)
·         Situación
Éste era un caso en el que se nos daba el resultado, y en el que teníamos que descubrir todo lo demás nosotros mismos. Voy a intentar exponerle las diferentes etapas de mi razonamiento.
Empecemos por el principio.
·        Etapa 1.- Llegué a la casa, como usted sabe, a pie y con el cerebro libre de toda clase de impresiones. Empecé, como es natural, por examinar la carretera, y descubrí, según se lo tengo explicado ya, las huellas claras de un carruaje, y este carruaje, como lo deduje de mis investigaciones, había estado allí en el transcurso de la noche. Por lo estrecho de la marca de las ruedas me convencí de que no se trataba de un carruaje particular, sino de uno de alquiler. El coche Hansom de cuatro ruedas que llaman Growler es mucho más estrecho que el particular llamado Brougham. Fue ése el primer punto que anoté. Avancé luego despacio por el sendero del jardín, y dio la casualidad de que se trataba de un suelo de ardua, extraordinariamente apto para que se graben en el mismo huellas. A usted le parecerá, sin duda, una simple franja de barro pisoteado, pero todas las huellas que había en su superficie encerraban un sentido para mis ojos entrenados. En la ciencia detectivesca no existe una rama tan importante y tan olvidada como el arte de reconstruir el significado de las huellas de pies. Descubrí las fuertes pisadas de los guardias, pero vi también la pista de dos hombres que habían pisado primero el jardín. Era cosa fácil afirmar que habían pasado antes que los otros, porque en algunos sitios sus huellas habían quedado borradas del todo al pisar los segundos encima mismos. Es como fabriqué mi segundo eslabón, que me informó de que los visitantes nocturnos habían sido dos, uno de ellos notable por su estatura (lo que calculé por la longitud de su zancada) y el otro elegantemente vestido, a juzgar por la huella pequeña y elegante que dejaron sus botas.
·        Etapa 2.-Esta última deducción quedó confirmada al entrar en la casa. Allí tenía delante de mí al hombre bien calzado. Por consiguiente, si había existido asesinato, éste había sido cometido por el individuo alto. El muerto no tenía en su cuerpo herida alguna, pero la expresión agitada de su rostro me proporcionó la certeza de que él había visto lo que le venía encima. Las personas que fallecen de una enfermedad cardíaca, o por cualquier causa natural repentina, jamás tienen en sus facciones señal alguna de emoción.
Cuando olisqué los labios del muerto pude percibir un leve olorcillo agrio, y llegué a la conclusión de que se le habían obligado a ingerir un veneno. Deduje también que le habían obligado a tomarlo por la expresión de odio y de temor que tenía su rostro. Había llegado a este resultado por el método de la exclusión, porque ninguna otra hipótesis se ajustaba a los hechos. No vaya usted a imaginarse que se trata de una idea inaudita. No es, en modo alguno, cosa nueva, en los anales del crimen, el obligarle a la víctima a ingerir el veneno. Cualquier toxicólogo recordará en seguida los casos de Dolsky, en Odesa, y de Leturier, en Montpellier.
·        Etapa 3.- A continuación se me presentó el gran interrogante del móvil. Éste no había sido el robo, puesto que no le habían despojado de nada. ¿Se trataría, pues, de política o mediaba una mujer? Tal era el problema con que me enfrentaba. Desde el primer instante me sentí inclinado a esta última suposición. Los asesinos políticos tienen por costumbre darse a la fuga en cuanto han realizado su cometido. Este asesinato, por el contrario, había sido llevado a cabo de un modo muy pausado, y quien lo perpetró había dejado huellas suyas por toda la habitación, mostrando con ello que había estado presente desde el principio hasta el fin.
Ofensa que exigía un castigo tan metódico era, por fuerza, de tipo privado, y no político. Al descubrirse en la pared aquella inscripción, me incliné más que nunca a mi punto de vista. Estaba demasiado claro que aquello era una aliagaza (engaño). Pero la cuestión quedó zanjada al encontrarse el anillo. Sin duda alguna, el asesino se sirvió del mismo para obligar a su víctima a hacer memoria de alguna mujer muerta o ausente. Al llegar a este punto fue cuando pregunté a Gregson si en su telegrama a Cleveland había indagado acerca de algún punto concreto de la vida anterior del señor Drebber. Usted recordará que me contestó negativamente. Procedí a continuación a escudriñar con mucho cuidado la habitación, y el resultado me confirmó en mis opiniones respecto a la estatura del asesino, y me proporcionó los detalles adicionales referentes al cigarro de Trichinopoly y a la largura de las uñas. Al no ver señales de lucha, llegué, desde luego, a la conclusión de que la sangre que manchaba el suelo había brotado de la nariz del asesino, debido a su emoción. Pude comprobar que la huella de la sangre coincidía con la de sus pisadas. Es cosa rara que una persona, como no sea de temperamento sanguíneo, sufra ese estallido de sangre por efecto de la emoción, y por ello aventuré la opinión de que el criminal era, probablemente, hombre robusto y de cara rubicunda. Los hechos han demostrado que mi juicio era correcto.
·        Etapa 4.-Cuando salimos de la casa procedí a realizar lo que Gregson había olvidado. Telegrafié a la Jefatura de Policía de Cleveland, circunscribiendo mi pregunta a lo relativo al matrimonio de Enoch Drebber. La contestación fue terminante. Me informaba de que ya con anterioridad había acudido Drebber a solicitar la protección de la ley contra un antiguo rival amoroso, llamado Jefferson Hope, y que este Hope se encontraba en Europa. Sabía, pues, que ya tenía en mis manos la clave del misterio, y sólo me quedaba atrapar al asesino. En ese momento había yo llegado mentalmente a la conclusión de que el hombre que había entrado en la casa con Drebber no era otro que el mismo cochero del carruaje. Las marcas que descubrí en la carretera me demostraron que el caballo se había movido de un lado a otro de una manera que no lo habría hecho de haber estado alguien cuidándolo. ¿Dónde, pues, podía estar el cochero, como no fuese dentro de la casa? Además, es absurdo suponer que ninguna persona que se encuentre en su sano juicio cometa un crimen premeditado a la vista misma, como si dijéramos, de una tercera persona que sabe que lo delatará. Y, por último, si alguien quiere seguirle los pasos a otra persona en sus andanzas por Londres, ¿qué mejor medio puede adoptar que el de hacerse conductor de un coche público?
·        Etapa 5.-Todas estas consideraciones me llevaron a la conclusión de que a Jefferson Hope habría de encontrarlo entre los aurigas de la metrópoli. Si él había trabajado de cochero, no había razón de suponer que hubiese dejado ya de serlo. Todo lo contrario: desde el punto de vista suyo, cualquier cambio repentino podría atraer la atención hacia su persona. Lo probable era que, por algún tiempo al menos, siguiese desempeñando sus tareas. Tampoco había razón para suponer que. actuase con un nombre falso. ¿Pára qué iba a cambiar el suyo en un país en el que éste no era conocido por nadie? Por eso organicé mi cuerpo de detectives vagabundos, y los hice presentarse de una manera sistemática a todos los propietarios de coches de alquiler de Londres, hasta que huronearon dónde estaba el hombre tras del que andaba yo. Aún está fresco en la memoria de usted el recuerdo del éxito que obtuvieron y de lo rápidamente que yo me aproveché del mismo. El asesinato de Stangerson fue un episodio completamente inesperado, pero que en cualquier caso habría resultado difícil de evitar. Gracias al mismo, como usted ya sabe, entré en posesión de las píldoras, cuya existencia había conjeturado. Como usted ve, el todo constituye una cadena de ilaciones lógicas sin una ruptura ni una grieta.
§  Etapas

v  Etapa 1
Realizo una observación externa.
Aquí Holmes observo a cada detalle el lugar, viendo más a ya de lo obvio o de lo que no podría tomar insignificancia, tomando así en cuenta su misma experiencia. Pudiendo notar que era más de uno los involucrados.
v  Etapa 2
Realizo una observación del punto central.
Holmes realizo una hipótesis con respecto a lo que ya había notado dentro así como afuera del lugar, tomando así más evidencias sobre el cadáver a simple vista, comprobando su hipótesis y añadiendo más demostración y ampliando más el panorama.
v  Etapa 3
Hipótesis/ experimentación
Tomo en cuenta factores posibles para el móvil y tomando en cuenta lo anterior fue descartando cada uno mediante probabilidad así como evidencias en el lugar dentro y fuera de él.
v  Etapa 4
Nueva evidencia/Ultima hipótesis
Tomo en cuenta el móvil y empezó a investigar sobre este realizando así la probabilidad de donde estaría este sospechoso y lo que tendría que hacer para no resultar evidente, uniendo cada punto de forma concreta.
v  Etapa 5
Resultados
Recabando ya todo lo anterior se dispuso a buscar de este, haciéndole llegar de manera inesperada e insospechable confirmando así su teoría y su sospechoso.


Scotland Yard
Está integrado por dos detectives de nombre Gregson y Lestrade.

El primero en llegar a una conclusión fue el detective Gregson y se menciona en lo siguiente;

v Etapa 1.-La primera dificultad con que tuvimos que luchar fue la de descubrir sus antecedentes en Norteamérica. Yo bien sé que hay personas que habrían esperado a que les llegase contestación a sus anuncios o a que los interesados se presentasen a proporcionar voluntariamente información. Ésa no es la manera de trabajar que tiene Tobías Gregson.
Me presenté en la casa Underwood, y pregunté a este señor si había vendido un sombrero de tal medida y de tales características. Revisó sus libros y dio en el acto con él. Había enviado el sombrero a un señor Drebber que se alojaba en la pensión Charpentier, Torquay Terrace. Así es como conseguí la dirección del muerto.
v Etapa 2.-—Acto continuo fui a visitar a madame Charpentier —prosiguió el detective—. La hallé muy pálida y afligida. Se hallaba presente también su hija, muchacha de una belleza extraordinaria; además tenía los ojos enrojecidos y le temblaban los labios mientras yo le hablaba. No se me escapó ese detalle. Empecé a olfatear gato escondido. Usted, señor Sherlock Holmes, conoce ya esa sensación que uno experimenta cuando se ha dado con la pista exacta: es como un estremecimiento nervioso. «¿Se ha enterado usted de la muerte misteriosa del señor Enoch J. Drebber, de Cleveland, al que tuvo en su pensión últimamente?», le pregunté. La madre asintió con la cabeza. Parecía incapaz de pronunciar una palabra. La hija rompió a llorar. Yo tuve más que nunca la sensación de que aquella gente sabía algo del asunto. «¿A qué hora salió el señor Drebber de su casa para ir a tomar el tren?», le pregunté. «A las ocho —contestó, tragando saliva para dominar su excitación—. Su secretario, el señor Stangerson, dijo que había dos trenes, uno a las nueve quince y otro a las once. Iba a tomar el primero.» «¿Y fue ésa la última vez que usted lo vio?’> Al hacerle yo esta pregunta se operó en el rostro de la mujer un cambio espantoso. Se puso completamente lívida, Tardó algunos segundos en poder pronunciar una sola palabra: «Sí.» Y cuando la pronunció lo hizo con voz ronca y forzada. Reinó por un instante el silencio, hasta que la hija habló con voz tranquila y clara, y dijo: «Madre, de la mentira nunca puede salir nada bueno. Seamos sinceras con este caballero.
Nosotras volvimos a ver al señor Drebber.» «¡Que Dios te perdone! —Exclamó madame Charpentier, alzando las manos y cayendo de espaldas en su silla—. Acabas de asesinar a tu hermano.» «Arturo prefiere que digamos la verdad», contestó con firmeza la muchacha. «Lo mejor que ustedes pueden hacer es contármelo todo —les dije—. Las confidencias a medias son peores que el silencio. Además, ustedes no saben de qué cosas estamos nosotros enterados.» «¡Caigan las consecuencias sobre tu cabeza, Alicia!
Se lo contaré todo, señor. No se imagine que mi emoción al pensar en mi hijo se produzca porque yo tema en modo alguno que él haya podido tener una participación en este suceso terrible. Mi hijo es por completo inocente. Sin embargo, la angustia mía procede de que a los ojos de usted y a los ojos de los demás pueda aparecer comprometido, cosa que es, sin la menor duda, imposible. Ni por la nobleza de su manera de ser, ni por su profesión, ni por sus antecedentes, ha podido intervenir en el suceso.» «Lo mejor que usted puede hacer es confiarme todos los hechos —le contesté—. Tenga la seguridad de que si su hijo es inocente, nada perderá con ello.» «Alicia, quizá sea mejor que nos dejes a solas», dijo ella, y su hija se retiró. Acto continuo, prosiguió la madre: «Pues bien, señor: mi propósito no era informarle de todo esto; pero ya que mi pobre hija lo ha revelado, no me queda otra alternativa. Una vez decidida a hablar, se lo contaré todo, sin omitir ningún detalle». «Es lo mejor que usted puede hacer», le dije. «El señor Drebber ha permanecido en nuestra casa cerca de tres semanas. Él y su secretario, el señor Stangerson, viajaron por el Continente. En sus baúles pude ver una etiqueta de “Copenhague”. Lo que demostraba que la última ciudad en la que se habían detenido fue ésa. Stangerson era hombre tranquilo y reservado; pero lamento tener que decir que su jefe era muy distinto: de costumbres vulgares y de maneras rudas. La noche misma de su llegada se emborrachó de muy mala manera, y puede decirse que era raro verlo sobrio después de las doce de cualquier día. Trataba a las doncellas con una libertad y con una familiaridad por demás desagradables. Y lo peor fue que adoptó muy pronto igual actitud hacia mi hija, Alicia, y más de una vez le dirigió la palabra en forma que ella, afortunadamente, es demasiado inocente para comprender.
En una ocasión llegó hasta abrazarla por la fuerza, insolencia que obligó a su propio secretario a echarle en cara su mala conducta cobarde.» ¿Y por qué aguantaron ustedes todo esto? —le pregunté—. ¿Es que no pueden desembarazarse de sus inquilinos cuando bien les parece?» La señora Charpentier se ruborizó al oír mi oportuna pregunta, y dijo: « ¡Ojalá le hubiese yo despedido el día mismo en que llegó! Pero la tentación era muy viva, porque me pagaban cada uno una libra diariamente, es decir, catorce libras semanales, y nos encontramos en la estación muerta del negocio. Soy viuda, y me ha costado mucho dinero la carrera de mi muchacho en la Marina. Me dolía perder ese dinero. Obré como mejor me pareció.
Pero esto último que hizo pasaba ya de la raya, y basándome en ello le di el aviso de despedida. Por eso se marchó.» ¿Y qué más?» «Se me aligeró el corazón cuando le vi marchar. Precisamente mi hijo se encontraba en la actualidad con permiso; pero nada le dije de todo lo ocurrido, porque es de carácter violento y quiere con pasión a su hermana. Cuando se marcharon y cerré la puerta sentí como si me hubiesen quitado un peso del alma. Pero ¡ay!, aún no había pasado una hora cuando tocaron la campanilla de la puerta y me enteré de que el señor Drebber había vuelto. Estaba muy excitado y, con toda evidencia, bebido. Se metió en la habitación en que estaba yo sentada con mi hija e hizo algunas observaciones incoherentes sobre que había perdido el tren. Se encaró con Alicia y, en mi propia presencia, le propuso que se fugase con él, diciéndole: “Eres ya mayor de edad, y no hay ley alguna que te lo impida. Tengo dinero suficiente y de sobra. No te importe nada por la vieja, y vente conmigo ahora mismo. Vivirás como una princesa.” La pobre Alicia estaba tan asustada que se apartó de él, y entonces la agarró por la muñeca y trató de arrastrarla hacia la puerta. Yo grité, y en ese instante entró mi hijo Arturo en la habitación. No sé lo que entonces ocurrió. Oi juramentos y los ruidos confusos de una riña. Estaba demasiado aterrada para levantar mi cabeza. Cuando alcé la vista, Arturo estaba en el umbral de la puerta con una garrota en la mano y riéndose:
“No creo que este buen señor vuelva a molestarnos —dijo—. Voy tras él para enterarme de sus
andanzas.” Dicho lo cual, cogió el sombrero y marchó calle adelante. A la mañana siguiente nos enteramos de la muerte misteriosa del señor Drebber.» Tal fue el relato que salió de labios de la señora Charpentier, entre muchos jadeos y pausas. Hablaba a veces tan bajo, que apenas si yo podía captar sus palabras. Sin embargo, tomé apuntes taquigráficos de todo cuanto dijo, para que no hubiese la menor posibilidad de equivocación.
—Cuando la señora Charpentier acabó de hablar —prosiguió el detective— me di cuenta de que el caso todo estaba pendiente de un solo punto. Clavándole la mirada de un modo que siempre me ha dado resultado con las mujeres, le pregunté a qué hora había regresado su hijo. «No lo sé», me contestó. ¿Qué no lo sabe usted?» «No, porque tiene un llavín y entra sin llamar.» «¿Fue después que ustedes se acostaron?» «Sí.» ¿Y a qué hora lo hicieron?» «A eso de las once.» «¿De modo que su hijo faltó por lo menos dos horas?» «Sí.» «¿ Y quizá cuatro o cinco?» «Sí.» «¿Y qué estuvo haciendo en todo ese tiempo?» «Lo ignoro», me contestó, y perdió hasta el color de los labios. Claro que después de esto no quedaba por hacer más que una cosa. Averigüé dónde estaba el teniente Charpentier, me hice acompañar de dos agentes y lo detuve. Cuando yo le di un golpecito en el hombro conminándole a que nos acompañase, tranquilamente nos contestó con la mayor imperturbabilidad: «Supongo que me detienen en relación con la muerte de ese canalla de Drebber.» Nosotros no le habíamos dicho una sola palabra del asunto, por lo que esa alusión al mismo resultaba por demás sospechosa.
v Etapa 3.-—La de que siguió a Drebber hasta la carretera de Brixton. Una vez allí, se enzarzaron otra vez en un altercado, y Drebber recibió en el curso de éste un garrotazo, quizá en la boca del estómago, que lo mató sin dejar señal del golpe. La noche era tan lluviosa, que no andaba nadie por allí, y entonces Charpentier arrastró el cadáver de su víctima hasta el interior de la casa deshabitada. La vela, la sangre, la inscripción en la pared y el anillo bien pudieran ser otros tantos ardides para lanzar a la Policía por una pista falsa.

v  Etapas

v  Etapa 1
Investigación rápida/ única impresión
Solo realizo una investigación de la cual solo se dejó guiar de solo una pista en concreto; tratando de ganarles a sus compañeros.
v  Etapa 2
Hipótesis/indagar
De acuerdo a su resultado realizo una indagación de acuerdo a la única pista que había llegado realizando una hipótesis apresurada.
v  Etapa 3
Conclusión/Resultado
Reuniendo todo su trabajo llego a una conclusión dando como resultado el encarcelamiento de un individuo que si bien estuvo involucrado con el difunto en cuestión el no tuvo nada que ver con su muerte lo cual se dio a conocer cuando Holmes demostró su teoría.


Lestrad

Confieso con franqueza que yo opinaba que Stangerson tenía algo que ver en la muerte de Drebber. Este nuevo giro que han tomado las cosas me ha venido a demostrar que estaba en un completo error.
·        Etapa 1.-Poseído por completo de esa única idea, me puse a la tarea de averiguar el paradero del secretario, Habían sido vistos juntos en la estación de Euston. a eso de las ocho y media, la noche del día tres. Drebber fue encontrado en la carretera de Brixton a las dos de la madrugada. La cuestión que se me planteaba era la de descubrir en qué había pasado su tiempo Stangerson entre las ocho treinta y la hora del crimen, y qué había sido de él después de esa hora. Telegrafié a Liverpool dándoles una descripción de nuestro hombre y ordenándoles que vigilasen los barcos norteamericanos. Acto continuo me puse a la tarea de visitar todos los hoteles y pensiones de las proximidades de Euston. Yo razonaba de este modo: si Drebber y su compañero se han separado, lo natural es que este último se hospede en los alrededores para pasar la noche y que a la mañana siguiente merodee por la estación. —Eso es lo que debió de ocurrir. Me pasé toda la tarde de ayer investigando, sin resultado alguno.
·        Etapa 2.-Reanudé la tarea esta mañana muy temprano, y a las ocho llegué al Hotel Reservado de Hailiday, en la calle de Little George. Al preguntar si se hospedaba allí un señor Stangerson, me contestaron afirmativamente en el acto. «Es usted, sin duda, el caballero a quien él espera —me dijeron—. Lleva dos dias esperando a un caballero». «¡Dónde está ahora?», le pregunté. «Arriba, acostado. Encargó que se le despertara a las nueve.» «Subiré, porque quiero hablar con él en seguida» contesté. Lo hice en la creencia de que mi súbita aparición quizá lo pusiese nervioso y lo llevase a decir algo antes de ponerse en guardia.
El botones se ofreció a llevarme hasta la habitación. Ésta se hallaba en el segundo piso, y había que andar un pequeño pasillo para llegar hasta ella. El botones me indicó cuál era la puerta, y ya se disponía a marchar escaleras abajo cuando vi algo que, a pesar de mis veinte años de experiencia, hizo que me sintiese mal. Una pequeña cinta roja de sangre se abarquillaba, saliendo por debajo de la puerta; había cruzado en líneas sinuosas el pasillo y formaba un pequeño charco a lo largo de la orla de la pared de enfrente. Di un grito, que hizo retroceder al botones. Casi se desmayó al ver aquello. La puerta estaba cerrada por dentro, pero arrimamos a ella los hombros y la derribamos. La ventana de la habitación estaba abierta, y junto a ella, hecho un ovillo, yacía el cadáver de un hombre en camisa de dormir. Estaba muerto y así debía de llevar bastante tiempo, porque tenía los miembros rígidos y fríos. Al ponerlo boca arriba, el botones lo identificó en el acto como el mismo caballero que había alquilado la habitación a nombre de Joseph Stangerson. La muerte había sido producida por una profunda cuchillada en el costado izquierdo que penetró seguramente hasta el corazón.
·         Etapa 3.-Un repartidor de leche, que iba hacia la lechería, pasó casualmente por el camino que arranca desde las caballerizas que hay en la parte trasera del hotel. Se fijó en que una escalera portátil que suele haber allí arrimada al suelo se encontraba ahora en pie contra una de las ventanas del segundo piso y que la ventana estaba abierta de par en par. Después de cruzar por delante, se volvió a mirar y vio a un hombre que bajaba por la escalera. Bajó con tanta tranquilidad y tan sin hacer misterios, que el lechero se imaginó que se trataría de algún carpintero o fontanero que trabajaba en el hotel. No le prestó una atención especial, fuera de que pensó para sus adentros que era una hora demasiado temprana para que estuviese ya trabajando. Tiene la impresión de que era un hombre alto, de cara rubicunda y que vestía una chaqueta larga y tirando a color pardusco.
Debió de quedarse en la habitación un ratito después de cometer el asesinato, porque encontramos agua sanguinolenta en la jofaina, donde se había lavado las manos, y marcas de sangre en las sábanas, en las que había limpiado cuidadosamente su cuchillo.


·         Etapas

v  Etapa 1
Investigación rápida/ única impresión
Solo realizo una investigación de la cual solo se dejó guiar de solo una pista como ya lo menciona,
v  Etapa 2
Hipótesis/indagar
De acuerdo a su resultado realizo una indagación de acuerdo a la única pista que había llegado realizando una hipótesis apresurada.
v  Etapa 3
Conclusión/Resultado
Reuniendo todo su trabajo llego a una conclusión y en el intento de atrapar a su sospechoso, se encontró con una nueva pauta de la cual termino por volver al principio.


Los detectives de Scotland Yard solo tomaron en cuenta las evidencias visibles dejando de fuera lo demás que si bien en un punto no es relevante a simple vista, puede ser; como se ve en este caso; una clave importante para llegar a la respuesta y/o conclusión correcta como en este caso realizo Holmes que tomo en cuenta su experiencia así como las pistas poco notables llegando a su conclusión correcta y bien establecida.


No hay comentarios:

Publicar un comentario