Pasos
que llevo Holmes para llegar a su conclusión y diferencias contra Scotland Yard
Sherlock
Holmes
·
John H. Watson, Doctor en Medicina
deducción que estuvo en Afganistán
«He
aquí a un caballero que responde al tipo del hombre de Medicina, pero que tiene
un aire marcial. Es, por consiguiente, un médico militar con toda evidencia.
Acaba de llegar de países tropicales, porque su cara es de un fuerte color
oscuro, color que no es el natural de su cutis, porque sus muñecas son blancas.
Ha pasado por sufrimientos y enfermedad, como lo pregona su cara macilenta. Ha
sufrido una herida en el brazo izquierdo. Lo mantiene rígido y de una manera
forzada... ¿En qué país tropical ha podido un módico del Ejército inglés pasar
por duros sufrimientos y resultar herido en un brazo? Evidentemente, en el
Afganistán. (Se basó directamente en todos los puntos que observo a detalles
e unió todas las partes principales relacionando poco a poco)
·
Situación
Éste era un caso en el que se nos daba el
resultado, y en el que teníamos que descubrir todo lo demás nosotros mismos.
Voy a intentar exponerle las diferentes etapas de mi razonamiento.
Empecemos por el principio.
·
Etapa
1.-
Llegué a la casa, como usted sabe, a pie y con el cerebro libre de toda clase
de impresiones. Empecé, como es natural, por examinar la carretera, y descubrí,
según se lo tengo explicado ya, las huellas claras de un carruaje, y este
carruaje, como lo deduje de mis investigaciones, había estado allí en el
transcurso de la noche. Por lo estrecho de la marca de las ruedas me convencí
de que no se trataba de un carruaje particular, sino de uno de alquiler. El
coche Hansom de cuatro ruedas que llaman Growler es mucho más estrecho que el
particular llamado Brougham. Fue ése el primer punto que anoté. Avancé luego
despacio por el sendero del jardín, y dio la casualidad de que se trataba de un
suelo de ardua, extraordinariamente apto para que se graben en el mismo
huellas. A usted le parecerá, sin duda, una simple franja de barro pisoteado,
pero todas las huellas que había en su superficie encerraban un sentido para
mis ojos entrenados. En la ciencia detectivesca no existe una rama tan
importante y tan olvidada como el arte de reconstruir el significado de las
huellas de pies. Descubrí las fuertes pisadas de los guardias, pero vi también
la pista de dos hombres que habían pisado primero el jardín. Era cosa fácil
afirmar que habían pasado antes que los otros, porque en algunos sitios sus
huellas habían quedado borradas del todo al pisar los segundos encima mismos. Es
como fabriqué mi segundo eslabón, que me informó de que los visitantes
nocturnos habían sido dos, uno de ellos notable por su estatura (lo que calculé
por la longitud de su zancada) y el otro elegantemente vestido, a juzgar por la
huella pequeña y elegante que dejaron sus botas.
·
Etapa
2.-Esta
última deducción quedó confirmada al entrar en la casa. Allí tenía delante de
mí al hombre bien calzado. Por consiguiente, si había existido asesinato, éste
había sido cometido por el individuo alto. El muerto no tenía en su cuerpo
herida alguna, pero la expresión agitada de su rostro me proporcionó la certeza
de que él había visto lo que le venía encima. Las personas que fallecen de una
enfermedad cardíaca, o por cualquier causa natural repentina, jamás tienen en sus
facciones señal alguna de emoción.
Cuando olisqué los
labios del muerto pude percibir un leve olorcillo agrio, y llegué a la
conclusión de que se le habían obligado a ingerir un veneno. Deduje también que
le habían obligado a tomarlo por la expresión de odio y de temor que tenía su
rostro. Había llegado a este resultado por el método de la exclusión, porque
ninguna otra hipótesis se ajustaba a los hechos. No vaya usted a imaginarse que
se trata de una idea inaudita. No es, en modo alguno, cosa nueva, en los anales
del crimen, el obligarle a la víctima a ingerir el veneno. Cualquier toxicólogo
recordará en seguida los casos de Dolsky, en Odesa, y de Leturier, en
Montpellier.
·
Etapa
3.-
A continuación se me presentó el gran interrogante del móvil. Éste no había
sido el robo, puesto que no le habían despojado de nada. ¿Se trataría, pues, de
política o mediaba una mujer? Tal era el problema con que me enfrentaba. Desde
el primer instante me sentí inclinado a esta última suposición. Los asesinos
políticos tienen por costumbre darse a la fuga en cuanto han realizado su
cometido. Este asesinato, por el contrario, había sido llevado a cabo de un
modo muy pausado, y quien lo perpetró había dejado huellas suyas por toda la
habitación, mostrando con ello que había estado presente desde el principio
hasta el fin.
Ofensa que exigía un
castigo tan metódico era, por fuerza, de tipo privado, y no político. Al
descubrirse en la pared aquella inscripción, me incliné más que nunca a mi
punto de vista. Estaba demasiado claro que aquello era una aliagaza (engaño).
Pero la cuestión quedó zanjada al encontrarse el anillo. Sin duda alguna, el
asesino se sirvió del mismo para obligar a su víctima a hacer memoria de alguna
mujer muerta o ausente. Al llegar a este punto fue cuando pregunté a Gregson si
en su telegrama a Cleveland había indagado acerca de algún punto concreto de la
vida anterior del señor Drebber. Usted recordará que me contestó negativamente.
Procedí a continuación a escudriñar con mucho cuidado la habitación, y el resultado
me confirmó en mis opiniones respecto a la estatura del asesino, y me
proporcionó los detalles adicionales referentes al cigarro de Trichinopoly y a
la largura de las uñas. Al no ver señales de lucha, llegué, desde luego, a la
conclusión de que la sangre que manchaba el suelo había brotado de la nariz del
asesino, debido a su emoción. Pude comprobar que la huella de la sangre
coincidía con la de sus pisadas. Es cosa rara que una persona, como no sea de
temperamento sanguíneo, sufra ese estallido de sangre por efecto de la emoción,
y por ello aventuré la opinión de que el criminal era, probablemente, hombre
robusto y de cara rubicunda. Los hechos han demostrado que mi juicio era
correcto.
·
Etapa
4.-Cuando
salimos de la casa procedí a realizar lo que Gregson había olvidado. Telegrafié
a la Jefatura de Policía de Cleveland, circunscribiendo mi pregunta a lo
relativo al matrimonio de Enoch Drebber. La contestación fue terminante. Me
informaba de que ya con anterioridad había acudido Drebber a solicitar la protección
de la ley contra un antiguo rival amoroso, llamado Jefferson Hope, y que este
Hope se encontraba en Europa. Sabía, pues, que ya tenía en mis manos la clave
del misterio, y sólo me quedaba atrapar al asesino. En ese momento había yo
llegado mentalmente a la conclusión de que el hombre que había entrado en la
casa con Drebber no era otro que el mismo cochero del carruaje. Las marcas que
descubrí en la carretera me demostraron que el caballo se había movido de un
lado a otro de una manera que no lo habría hecho de haber estado alguien
cuidándolo. ¿Dónde, pues, podía estar el cochero, como no fuese dentro de la
casa? Además, es absurdo suponer que ninguna persona que se encuentre en su
sano juicio cometa un crimen premeditado a la vista misma, como si dijéramos,
de una tercera persona que sabe que lo delatará. Y, por último, si alguien
quiere seguirle los pasos a otra persona en sus andanzas por Londres, ¿qué
mejor medio puede adoptar que el de hacerse conductor de un coche público?
·
Etapa
5.-Todas
estas consideraciones me llevaron a la conclusión de que a Jefferson Hope
habría de encontrarlo entre los aurigas de la metrópoli. Si él había trabajado
de cochero, no había razón de suponer que hubiese dejado ya de serlo. Todo lo
contrario: desde el punto de vista suyo, cualquier cambio repentino podría
atraer la atención hacia su persona. Lo probable era que, por algún tiempo al
menos, siguiese desempeñando sus tareas. Tampoco había razón para suponer que.
actuase con un nombre falso. ¿Pára qué iba a cambiar el suyo en un país en el
que éste no era conocido por nadie? Por eso organicé mi cuerpo de detectives
vagabundos, y los hice presentarse de una manera sistemática a todos los
propietarios de coches de alquiler de Londres, hasta que huronearon dónde
estaba el hombre tras del que andaba yo. Aún está fresco en la memoria de usted
el recuerdo del éxito que obtuvieron y de lo rápidamente que yo me aproveché
del mismo. El asesinato de Stangerson fue un episodio completamente inesperado,
pero que en cualquier caso habría resultado difícil de evitar. Gracias al
mismo, como usted ya sabe, entré en posesión de las píldoras, cuya existencia
había conjeturado. Como usted ve, el todo constituye una cadena de ilaciones
lógicas sin una ruptura ni una grieta.
§ Etapas
v Etapa 1
Realizo una observación externa.
Aquí Holmes observo a cada detalle el lugar,
viendo más a ya de lo obvio o de lo que no podría tomar insignificancia,
tomando así en cuenta su misma experiencia. Pudiendo notar que era más de uno
los involucrados.
v Etapa 2
Realizo una observación del punto central.
Holmes realizo una hipótesis con respecto a lo
que ya había notado dentro así como afuera del lugar, tomando así más
evidencias sobre el cadáver a simple vista, comprobando su hipótesis y
añadiendo más demostración y ampliando más el panorama.
v Etapa 3
Hipótesis/ experimentación
Tomo en cuenta factores posibles para el móvil
y tomando en cuenta lo anterior fue descartando cada uno mediante probabilidad
así como evidencias en el lugar dentro y fuera de él.
v Etapa 4
Nueva evidencia/Ultima hipótesis
Tomo en cuenta el móvil y empezó a investigar
sobre este realizando así la probabilidad de donde estaría este sospechoso y lo
que tendría que hacer para no resultar evidente, uniendo cada punto de forma
concreta.
v Etapa 5
Resultados
Recabando ya todo lo anterior se dispuso a
buscar de este, haciéndole llegar de manera inesperada e insospechable
confirmando así su teoría y su sospechoso.
Scotland Yard
Está
integrado por dos detectives de nombre Gregson y Lestrade.
El
primero en llegar a una conclusión fue el detective Gregson y se menciona en lo
siguiente;
v Etapa 1.-La
primera dificultad con que tuvimos que luchar fue la de descubrir sus
antecedentes en Norteamérica. Yo bien sé que hay personas que habrían esperado
a que les llegase contestación a sus anuncios o a que los interesados se
presentasen a proporcionar voluntariamente información. Ésa no es la manera de
trabajar que tiene Tobías Gregson.
Me presenté en la casa Underwood, y pregunté a
este señor si había vendido un sombrero de tal medida y de tales
características. Revisó sus libros y dio en el acto con él. Había enviado el
sombrero a un señor Drebber que se alojaba en la pensión Charpentier, Torquay Terrace.
Así es como conseguí la dirección del muerto.
v Etapa 2.-—Acto
continuo fui a visitar a madame Charpentier —prosiguió el detective—. La hallé
muy pálida y afligida. Se hallaba presente también su hija, muchacha de una
belleza extraordinaria; además tenía los ojos enrojecidos y le temblaban los
labios mientras yo le hablaba. No se me escapó ese detalle. Empecé a olfatear
gato escondido. Usted, señor Sherlock Holmes, conoce ya esa sensación que uno
experimenta cuando se ha dado con la pista exacta: es como un estremecimiento
nervioso. «¿Se ha enterado usted de la muerte misteriosa del señor Enoch J.
Drebber, de Cleveland, al que tuvo en su pensión últimamente?», le pregunté. La
madre asintió con la cabeza. Parecía incapaz de pronunciar una palabra. La hija
rompió a llorar. Yo tuve más que nunca la sensación de que aquella gente sabía
algo del asunto. «¿A qué hora salió el señor Drebber de su casa para ir a tomar
el tren?», le pregunté. «A las ocho —contestó, tragando saliva para dominar su
excitación—. Su secretario, el señor Stangerson, dijo que había dos trenes, uno
a las nueve quince y otro a las once. Iba a tomar el primero.» «¿Y fue ésa la
última vez que usted lo vio?’> Al hacerle yo esta pregunta se operó en el
rostro de la mujer un cambio espantoso. Se puso completamente lívida, Tardó
algunos segundos en poder pronunciar una sola palabra: «Sí.» Y cuando la
pronunció lo hizo con voz ronca y forzada. Reinó por un instante el silencio,
hasta que la hija habló con voz tranquila y clara, y dijo: «Madre, de la
mentira nunca puede salir nada bueno. Seamos sinceras con este caballero.
Nosotras volvimos a ver al señor Drebber.»
«¡Que Dios te perdone! —Exclamó madame Charpentier, alzando las manos y cayendo
de espaldas en su silla—. Acabas de asesinar a tu hermano.» «Arturo prefiere
que digamos la verdad», contestó con firmeza la muchacha. «Lo mejor que ustedes
pueden hacer es contármelo todo —les dije—. Las confidencias a medias son
peores que el silencio. Además, ustedes no saben de qué cosas estamos nosotros
enterados.» «¡Caigan las consecuencias sobre tu cabeza, Alicia!
Se lo contaré todo, señor. No se imagine que mi
emoción al pensar en mi hijo se produzca porque yo tema en modo alguno que él
haya podido tener una participación en este suceso terrible. Mi hijo es por completo
inocente. Sin embargo, la angustia mía procede de que a los ojos de usted y a
los ojos de los demás pueda aparecer comprometido, cosa que es, sin la menor
duda, imposible. Ni por la nobleza de su manera de ser, ni por su profesión, ni
por sus antecedentes, ha podido intervenir en el suceso.» «Lo mejor que usted
puede hacer es confiarme todos los hechos —le contesté—. Tenga la seguridad de
que si su hijo es inocente, nada perderá con ello.» «Alicia, quizá sea mejor
que nos dejes a solas», dijo ella, y su hija se retiró. Acto continuo,
prosiguió la madre: «Pues bien, señor: mi propósito no era informarle de todo
esto; pero ya que mi pobre hija lo ha revelado, no me queda otra alternativa.
Una vez decidida a hablar, se lo contaré todo, sin omitir ningún detalle». «Es
lo mejor que usted puede hacer», le dije. «El señor Drebber ha permanecido en
nuestra casa cerca de tres semanas. Él y su secretario, el señor Stangerson,
viajaron por el Continente. En sus baúles pude ver una etiqueta de
“Copenhague”. Lo que demostraba que la última ciudad en la que se habían
detenido fue ésa. Stangerson era hombre tranquilo y reservado; pero lamento
tener que decir que su jefe era muy distinto: de costumbres vulgares y de
maneras rudas. La noche misma de su llegada se emborrachó de muy mala manera, y
puede decirse que era raro verlo sobrio después de las doce de cualquier día.
Trataba a las doncellas con una libertad y con una familiaridad por demás desagradables.
Y lo peor fue que adoptó muy pronto igual actitud hacia mi hija, Alicia, y más
de una vez le dirigió la palabra en forma que ella, afortunadamente, es
demasiado inocente para comprender.
En una ocasión llegó hasta abrazarla por la
fuerza, insolencia que obligó a su propio secretario a echarle en cara su mala
conducta cobarde.» ¿Y por qué aguantaron ustedes todo esto? —le pregunté—. ¿Es
que no pueden desembarazarse de sus inquilinos cuando bien les parece?» La
señora Charpentier se ruborizó al oír mi oportuna pregunta, y dijo: « ¡Ojalá le
hubiese yo despedido el día mismo en que llegó! Pero la tentación era muy viva,
porque me pagaban cada uno una libra diariamente, es decir, catorce libras semanales,
y nos encontramos en la estación muerta del negocio. Soy viuda, y me ha costado
mucho dinero la carrera de mi muchacho en la Marina. Me dolía perder ese
dinero. Obré como mejor me pareció.
Pero esto último que hizo pasaba ya de la raya,
y basándome en ello le di el aviso de despedida. Por eso se marchó.» ¿Y qué
más?» «Se me aligeró el corazón cuando le vi marchar. Precisamente mi hijo se encontraba
en la actualidad con permiso; pero nada le dije de todo lo ocurrido, porque es
de carácter violento y quiere con pasión a su hermana. Cuando se marcharon y
cerré la puerta sentí como si me hubiesen quitado un peso del alma. Pero ¡ay!,
aún no había pasado una hora cuando tocaron la campanilla de la puerta y me
enteré de que el señor Drebber había vuelto. Estaba muy excitado y, con toda
evidencia, bebido. Se metió en la habitación en que estaba yo sentada con mi
hija e hizo algunas observaciones incoherentes sobre que había perdido el tren.
Se encaró con Alicia y, en mi propia presencia, le propuso que se fugase con
él, diciéndole: “Eres ya mayor de edad, y no hay ley alguna que te lo impida.
Tengo dinero suficiente y de sobra. No te importe nada por la vieja, y vente
conmigo ahora mismo. Vivirás como una princesa.” La pobre Alicia estaba tan
asustada que se apartó de él, y entonces la agarró por la muñeca y trató de
arrastrarla hacia la puerta. Yo grité, y en ese instante entró mi hijo Arturo
en la habitación. No sé lo que entonces ocurrió. Oi juramentos y los ruidos
confusos de una riña. Estaba demasiado aterrada para levantar mi cabeza. Cuando
alcé la vista, Arturo estaba en el umbral de la puerta con una garrota en la
mano y riéndose:
“No creo que este buen señor vuelva a
molestarnos —dijo—. Voy tras él para enterarme de sus
andanzas.” Dicho lo cual, cogió el sombrero y
marchó calle adelante. A la mañana siguiente nos enteramos de la muerte
misteriosa del señor Drebber.» Tal fue el relato que salió de labios de la
señora Charpentier, entre muchos jadeos y pausas. Hablaba a veces tan bajo, que
apenas si yo podía captar sus palabras. Sin embargo, tomé apuntes taquigráficos
de todo cuanto dijo, para que no hubiese la menor posibilidad de equivocación.
—Cuando la señora Charpentier acabó de hablar
—prosiguió el detective— me di cuenta de que el caso todo estaba pendiente de
un solo punto. Clavándole la mirada de un modo que siempre me ha dado resultado
con las mujeres, le pregunté a qué hora había regresado su hijo. «No lo sé», me
contestó. ¿Qué no lo sabe usted?» «No, porque tiene un llavín y entra sin
llamar.» «¿Fue después que ustedes se acostaron?» «Sí.» ¿Y a qué hora lo
hicieron?» «A eso de las once.» «¿De modo que su hijo faltó por lo menos dos
horas?» «Sí.» «¿ Y quizá cuatro o cinco?» «Sí.» «¿Y qué estuvo haciendo en todo
ese tiempo?» «Lo ignoro», me contestó, y perdió hasta el color de los labios.
Claro que después de esto no quedaba por hacer más que una cosa. Averigüé dónde
estaba el teniente Charpentier, me hice acompañar de dos agentes y lo detuve.
Cuando yo le di un golpecito en el hombro conminándole a que nos acompañase,
tranquilamente nos contestó con la mayor imperturbabilidad: «Supongo que me
detienen en relación con la muerte de ese canalla de Drebber.» Nosotros no le
habíamos dicho una sola palabra del asunto, por lo que esa alusión al mismo
resultaba por demás sospechosa.
v Etapa 3.-—La de
que siguió a Drebber hasta la carretera de Brixton. Una vez allí, se enzarzaron
otra vez en un altercado, y Drebber recibió en el curso de éste un garrotazo,
quizá en la boca del estómago, que lo mató sin dejar señal del golpe. La noche
era tan lluviosa, que no andaba nadie por allí, y entonces Charpentier arrastró
el cadáver de su víctima hasta el interior de la casa deshabitada. La vela, la
sangre, la inscripción en la pared y el anillo bien pudieran ser otros tantos
ardides para lanzar a la Policía por una pista falsa.
v Etapas
v Etapa 1
Investigación
rápida/ única impresión
Solo
realizo una investigación de la cual solo se dejó guiar de solo una pista en
concreto; tratando de ganarles a sus compañeros.
v Etapa 2
Hipótesis/indagar
De
acuerdo a su resultado realizo una indagación de acuerdo a la única pista que
había llegado realizando una hipótesis apresurada.
v Etapa 3
Conclusión/Resultado
Reuniendo
todo su trabajo llego a una conclusión dando como resultado el encarcelamiento
de un individuo que si bien estuvo involucrado con el difunto en cuestión el no
tuvo nada que ver con su muerte lo cual se dio a conocer cuando Holmes demostró
su teoría.
Lestrad
Confieso con franqueza que yo opinaba que
Stangerson tenía algo que ver en la muerte de Drebber. Este nuevo giro que han
tomado las cosas me ha venido a demostrar que estaba en un completo error.
·
Etapa
1.-Poseído
por completo de esa única idea, me puse a la tarea de averiguar el paradero del
secretario, Habían sido vistos juntos en la estación de Euston. a eso de las
ocho y media, la noche del día tres. Drebber fue encontrado en la carretera de
Brixton a las dos de la madrugada. La cuestión que se me planteaba era la de
descubrir en qué había pasado su tiempo Stangerson entre las ocho treinta y la
hora del crimen, y qué había sido de él después de esa hora. Telegrafié a
Liverpool dándoles una descripción de nuestro hombre y ordenándoles que
vigilasen los barcos norteamericanos. Acto continuo me puse a la tarea de
visitar todos los hoteles y pensiones de las proximidades de Euston. Yo
razonaba de este modo: si Drebber y su compañero se han separado, lo natural es
que este último se hospede en los alrededores para pasar la noche y que a la
mañana siguiente merodee por la estación. —Eso es lo que debió de ocurrir. Me
pasé toda la tarde de ayer investigando, sin resultado alguno.
·
Etapa
2.-Reanudé
la tarea esta mañana muy temprano, y a las ocho llegué al Hotel Reservado de
Hailiday, en la calle de Little George. Al preguntar si se hospedaba allí un
señor Stangerson, me contestaron afirmativamente en el acto. «Es usted, sin
duda, el caballero a quien él espera —me dijeron—. Lleva dos dias esperando a
un caballero». «¡Dónde está ahora?», le pregunté. «Arriba, acostado. Encargó
que se le despertara a las nueve.» «Subiré, porque quiero hablar con él en
seguida» contesté. Lo hice en la creencia de que mi súbita aparición quizá lo
pusiese nervioso y lo llevase a decir algo antes de ponerse en guardia.
El botones se ofreció a llevarme hasta la
habitación. Ésta se hallaba en el segundo piso, y había que andar un pequeño
pasillo para llegar hasta ella. El botones me indicó cuál era la puerta, y ya
se disponía a marchar escaleras abajo cuando vi algo que, a pesar de mis veinte
años de experiencia, hizo que me sintiese mal. Una pequeña cinta roja de sangre
se abarquillaba, saliendo por debajo de la puerta; había cruzado en líneas
sinuosas el pasillo y formaba un pequeño charco a lo largo de la orla de la
pared de enfrente. Di un grito, que hizo retroceder al botones. Casi se desmayó
al ver aquello. La puerta estaba cerrada por dentro, pero arrimamos a ella los
hombros y la derribamos. La ventana de la habitación estaba abierta, y junto a
ella, hecho un ovillo, yacía el cadáver de un hombre en camisa de dormir.
Estaba muerto y así debía de llevar bastante tiempo, porque tenía los miembros
rígidos y fríos. Al ponerlo boca arriba, el botones lo identificó en el acto
como el mismo caballero que había alquilado la habitación a nombre de Joseph
Stangerson. La muerte había sido producida por una profunda cuchillada en el
costado izquierdo que penetró seguramente hasta el corazón.
·
Etapa
3.-Un
repartidor de leche, que iba hacia la lechería, pasó casualmente por el camino
que arranca desde las caballerizas que hay en la parte trasera del hotel. Se
fijó en que una escalera portátil que suele haber allí arrimada al suelo se
encontraba ahora en pie contra una de las ventanas del segundo piso y que la
ventana estaba abierta de par en par. Después de cruzar por delante, se volvió
a mirar y vio a un hombre que bajaba por la escalera. Bajó con tanta
tranquilidad y tan sin hacer misterios, que el lechero se imaginó que se
trataría de algún carpintero o fontanero que trabajaba en el hotel. No le
prestó una atención especial, fuera de que pensó para sus adentros que era una
hora demasiado temprana para que estuviese ya trabajando. Tiene la impresión de
que era un hombre alto, de cara rubicunda y que vestía una chaqueta larga y
tirando a color pardusco.
Debió de quedarse en la habitación un ratito
después de cometer el asesinato, porque encontramos agua sanguinolenta en la
jofaina, donde se había lavado las manos, y marcas de sangre en las sábanas, en
las que había limpiado cuidadosamente su cuchillo.
·
Etapas
v Etapa 1
Investigación
rápida/ única impresión
Solo
realizo una investigación de la cual solo se dejó guiar de solo una pista como
ya lo menciona,
v Etapa 2
Hipótesis/indagar
De
acuerdo a su resultado realizo una indagación de acuerdo a la única pista que
había llegado realizando una hipótesis apresurada.
v Etapa 3
Conclusión/Resultado
Reuniendo
todo su trabajo llego a una conclusión y en el intento de atrapar a su
sospechoso, se encontró con una nueva pauta de la cual termino por volver al
principio.
Los
detectives de Scotland Yard solo tomaron en cuenta las evidencias visibles
dejando de fuera lo demás que si bien en un punto no es relevante a simple
vista, puede ser; como se ve en este caso; una clave importante para llegar a
la respuesta y/o conclusión correcta como en este caso realizo Holmes que tomo
en cuenta su experiencia así como las pistas poco notables llegando a su
conclusión correcta y bien establecida.

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